¿Mienten los detectores de
mentiras?
Despacho
de la Tyrell Corporation:
Holden: Siéntese.
Leon: ¿Le importa si hablo? Me pongo
nervioso cuando hago un test.
Holden: Por favor, no se mueva.
Leon: Disculpe. Ya me han hecho .... un test de inteligencia
este año. No creí que tuviera que someterme ....
Holden: El tiempo de reacción es primordial.
Por favor, ponga atención. Conteste lo más rápido que pueda.
Leon: Muy bien. [...]
Holden: Esta usted en un desierto, caminando
por la arena, cuando ....
Leon: ¿Eso ya es el test?
Holden: Sí. Esta usted en un desierto,
caminando por la arena, cuando, de repente, ....
Leon: ¿En cuál?
Holden: ¿Qué?
Leon: ¿Qué desierto?
Holden: El desierto que sea. No importa. Es
hipotético.
Leon: ¿Y por qué iba a estar allí?
Holden: Quizás porque usted está harto, o
quiere estar solo. Quién sabe. Mira hacia abajo y ve a un galápago que se
arrastra hacia usted.
Leon: ¿Un galápago? ¿Qué es eso?
Holden: ¿Sabe lo que es una tortuga?
Leon: Claro.
Holden: Pues lo mismo.
Leon: Nunca he visto una tortuga
.... pero le comprendo a usted.
Holden: Se agacha usted y pone el galápago
patas arriba, Leon.
Leon: ¿Se inventa usted esas preguntas, Sr.
Holden, o se las dan escritas?
Holden: El galápago yace sobre su espalda con
el estómago cociéndose al sol y moviendo las patas para darse la vuelta, pero
sin su ayuda no puede. Y usted no le ayuda.
Leon: ¿Qué quiere decir que no le ayudo?
Holden: Quiere decir que no le ayuda. ¿Por
qué es así, Leon? [ pausa ] Sólo son preguntas, Leon. En respuesta a la suya le diré que me las dan
escritas. Es un test hecho para provocar una respuesta emocional. [ pausa ]
¿Quiere que sigamos? [ pausa
] Descríbame, con palabras sencillas, sólo las cosas buenas que le vienen a
la mente .... a cerca de su
madre.
Leon: ¿Mi madre?
Holden: Sí.
Leon: Le voy a hablar de mi madre. [ Leon dispara a Holden
repetidas veces ]
El
anterior diálogo es un extracto del guión cinematográfico de la famosa película
Blade Runner. Se trata,
probablemente, de la mejor escena cinematográfica referente a un interrogatorio
con un detector de mentiras. Leon, un androide, es
sometido a una batería de preguntas frente a una máquina que mide la respuesta
fisiológica de su pupila. Holden pretende determinar
si Leon es humano o un replicante. La respuesta final
de Leon no deja dudas. Así se inicia el film.
Los
detectores de mentiras no son máquinas de nuestro pasado tecnológico o de un
futuro ficticio. En EE.UU., cada año se practican cerca de un millón de tests
con estos artilugios. Allí, entre cinco y diez mil operarios especializados se
esmeran en detectar falsos testimonios, no sólo en investigaciones policiales,
sino también en campañas publicitarias o en selección de personal.
El
detector de mentiras nació como la fusión de varios artefactos desarrollados a
ambas orillas del Atlántico durante el siglo XIX. Por citar un par de hitos: en
1869 Auguste Chaveau y Étienne Jules Marey desarrollaron
el primer cardiógrafo capaz de medir los ritmos cardíacos. James Mackenzie, inventó en 1902 un sistema eléctrico para medir
al mismo tiempo la presión arterial y el pulso yugular. Lo llamó polígrafo,
nombre con que se conoce hoy en día al detector de mentiras. La idea que
subyace en el funcionamiento del polígrafo es sencilla: mentir provoca una
tensión que se refleja fisiológicamente. El polígrafo registra durante el
interrogatorio cuatro parámetros fisiológicos: la presión sanguínea, la
respiración, el ritmo cardíaco y el nivel de sudoración a través de la
resistencia eléctrica de la piel. Si medimos estas variables cuando el sujeto
dice la verdad, estaremos en condiciones de contrastarlas con sus valores
cuando el sujeto miente.
William
Moulton Marston desarrolló
el prototipo del actual detector de mentiras moderno. Podía medir de forma
fiable y estandarizada los parámetros fisiológicos y había desarrollado una
técnica de interrogatorio que pretendía distinguir el estrés asociado a
emociones, como el miedo causado por el interrogatorio, del estrés específico
que engendra una mentira. En 1922, Marston sometió a
un detector de mentiras a James Alphonse Frye de Washington D.C., confeso autor de un asesinato que
más adelante negó. El test de Marston determinó su
inocencia, pero el juez prohibió presentar el resultado al tribunal. Según el
mismo, tan sólo el jurado tenía potestad para evaluar las declaraciones del
acusado. El Tribunal Supremo de EE.UU. confirmó la decisión al año siguiente.
Desde entonces, todos los jueces americanos pueden conceder peso a los
testimonios periciales, siempre y cuando exista un consenso bien establecido
entre los científicos en el área correspondiente. ¿Es el caso de los detectores
de mentiras?
Hoy
en día, son muy pocos los tribunales de justicia - unos pocos estados en EE.UU. , Israel y Japón son algunos ejemplos - que aceptan como
evidencia los resultados de un polígrafo. Según los especialistas que los usan,
su éxito se aproxima al 98%. Pero la comunidad de psicólogos universitarios
demuestra, una y otra vez, la ineficacia de la máquina. Para David Lykken, psicólogo renombrado, cuando se realizan pruebas en
condiciones verdaderamente científicas, de auténtico doble ciego, la máquina
determina que, el 47% de las veces que se dice la verdad, se dice la mentira.
Eso implica, que si usted es inocente, no le conviene intentar demostrarlo a
través de un detector de mentiras. ¡Tiene un 53% de posibilidades de quedar
como un mentiroso!
¿Cómo
puede explicarse entonces su éxito y su vigencia? Al mismo tiempo que el
detector era rechazado en los medios judiciales, invadía otros campos. En los
años 20, el psicólogo John Larson
y el empresario Leonarde Keeler
adaptaron los métodos de Marston a los
interrogatorios policiales de sospechosos. Desarrollaron su proyecto en Chicago
y después de un tiempo, sus intereses se separaron. Larson
eligió seguir investigando académicamente en el área, para acabar convencido de
la inexactitud del aparato y Keeler decidió, con
ánimo de lucro, patentar en 1931 el invento y conceder licencia a la compañía Western-Electro-Mechanical.
En
realidad el detector de mentiras consta de dos partes: hardware y software. El
hardware es el detector de los parámetros fisiológicos en sí, es lo que
realmente se conoce como polígrafo. El software es el responsable de la
calibración e interpretación. Inicialmente, la calibración con un sujeto para
establecer el "umbral de mentira", se realizaba a través de una
sencilla batería de preguntas. Pero Keeler fue más
artero. Gustaba de emplear lo que denominaba "el truco de las
cartas". Daba a escoger al sujeto cartas de un mazo y seguidamente, le
preguntaba si coincidían con cartas de otro mazo que le iba presentando. El
sujeto debía decir la verdad o la mentira a su elección. Keeler
lograba determinar en todos los casos si el sujeto mentía o decía la verdad. Lo
convencía así de que la máquina era capaz de detectar los engaños. Lo que el
sujeto desconocía es que: ¡Keller empleaba una baraja
marcada! Él conocía todas las cartas,
aparentemente escogidas al azar, del
sujeto interrogado. Esto desde luego era una intimidación o interrogatorio
desleal, por decirlo suavemente. Como cuenta el profesor de historia Ken Alder: "Primero, los acusados eran informados de que
serían dejados en libertad antes del proceso si aceptaban someterse al test.
Luego, una vez terminado el test, al sujeto se le informaba de las complejas
huellas gráficas que supuestamente informaban de la traición de su cuerpo. Se
le aconsejaba entonces vivamente que confesara. Y, efectivamente, en dichas
circunstancias fueron muchos los que lo hicieron". Así se forjo la
aureola de efectividad, el mito de la máquina. Y se explica por qué,
técnicamente, en su parte hardware, la máquina apenas ha cambiado desde los
años 30. Como dice el profesor Alder: "En el último decenio se han desarrollado
programas informáticos para tratar automáticamente las reacciones fisiológicas
del sujeto. Pero como estos programas impedían a los operadores acusar
falsamente a los sujetos de que mentían, los examinadores del departamento de
Defensa [de EE.UU.] ¡me dijeron que
acostumbraban a cerrar el ordenador!"
Keller no se detuvo en el ámbito policial. En
los años 30, durante la gran depresión, decidió extender, con buen tino, el
negocio al mundo empresarial. Vendió sus métodos a muchas compañías. Según el
profesor Alder, el resultado de someter a los
empleados de varios bancos fue que: "entre
un 20% y 30% de ellos había robado pequeñas sumas de dinero en distintos
momentos de sus carreras. Cuando los responsables se disponían a despedirlos, Keeler insistió para que fueran mantenidos en sus puestos y
cada año se les sometiera al test. Así, decía, estos empleados serían los más
fiables de todos. En general, la dirección se dejó convencer..., y Keeler se aseguró un encargo regular de series de tests".
Recientemente,
investigadores de la Clínica Mayo de Minnnesota,
Estados Unidos, publicaron en la prestigiosa revista científica Nature, un método
sencillo y rápido para detectar posibles terroristas en aeropuertos o cruces
fronterizos. Se trata de cámaras térmicas de alta resolución capaces de
detectar un ligero sonrojo alrededor de los ojos. Según James Levine, uno de los autores del estudio, esa leve alteración
térmica es "característica de la
reacción de huida y temor", una evidencia de engaño. Frank Horvath, profesor de
administración de justicia en la Universidad Estatal de Michigan,
comentó al respecto: "La cámara
termal, al igual que el polígrafo, sólo detecta cambios fisiológicos causados
por la ansiedad. Esos cambios no indican necesariamente culpabilidad o
inocencia". Los autores comentan como punto fuerte de su hallazgo que,
a diferencia del polígrafo que requiere del consentimiento del sujeto, las
imágenes termales pueden conseguirse sin el conocimiento del escrutado.
Las
posibilidades del polígrafo excitaron la imaginación popular desde su
nacimiento. En 1911 una editorial del New York Times
profetizaba: "No tardarán en
desaparecer los jurados, las hordas de detectives y testigos, las acusaciones y
contraacusaciones, los abogados defensores… El estado someterá a todos los
sospechosos implicados en un caso a tests de instrumentos científicos y, dado
que estos instrumentos no pueden equivocarse ni mentir, sus resultados servirán
para establecer la culpabilidad y la inocencia". A pesar de su
contrastada ineficacia la esperanza de que un aparato desvele las mentiras que
nos rodean sigue siendo un lucrativo negocio. Por cuarenta dólares es posible
comprar por Internet un pequeño aparato, capaz, según sus vendedores, de
detectar a un mentiroso por el ritmo y la entonación de su voz. Al igual que Keeler fue capaz de explotar económicamente la desconfianza
en las relaciones entre empresarios y empleados, ahora se trata de vender
máquinas capaces de delatar a los adúlteros y embaucadores. En esa línea, un
nuevo software para ordenadores, llamado Truster, nos
promete, conectando el teléfono al ordenador, disponer de un detector de
mentiras infalible.
En
Europa el uso de los detectores de mentiras no está tan extendido como en
América, pero disponemos de un ejemplo muy semejante. Se trata de la
grafología. Al igual que el detector de mentiras, la comunidad de psicólogos
universitarios la repudia como seudociencia y los tribunales no la admiten como
prueba o indicio. Sin embargo, desde finales del siglo XIX, momento en que se
hizo popular en Francia, se emplea ampliamente para la selección de personal.
La mayor parte de la comunidad científica opina que el polígrafo está a la
altura de las pulseras magnéticas o las máquinas eléctricas de gimnasia pasiva.
Los vendedores de humo saben que la ingenuidad humana no posee límites. Pero el
caso del detector de mentiras roza la paradoja: la máquina que quiso eliminar
la mentira de la sociedad, se mantiene gracias a la mentira.
Bartolo
Luque, 2002